Por Gustavo Robreño Dolz
Las situaciones que desde diversos escenarios y puntos de vista vienen rodeando a la sociedad estadounidense, particularmente desde hace aproximadamente medio siglo- tanto en su vida interna como en su proyección exterior- se han agudizado en los últimos tiempos y se aproximan a su ebullición si el actual gobierno instalado en la Casa Blanca prosigue el rumbo que ha tomado en ambas vertientes y que, según el mandatario, no hace más que cumplir las numerosas promesas que formuló durante su verborreica y accidentada campaña electoral, de manera que concentra los reiterados incumplimientos de sus antecesores del Partido Demócrata, Obama y Biden, a los que califica como mediocres e irresolutos y culpa de no haber sido capaces de detener el declive del Imperio, una misión casi divina que él está cumpliendo con supuestos éxitos.
Por el camino de la superchería, la falacia y la demagogia está transitando el rumbo de la Administración recién comenzada y ello llena de incertidumbre, inquietud y dudas a gran parte de la población, incluido amplios sectores que votaron en favor del candidato republicano ante la incapacidad manifiesta de sus oponentes o lo que consideraban como fracasos de su gestión.

No es fácil a estas alturas fijar un exacto punto de partida para esta transición necesariamente lenta pero sin pausas, y los más agudos observadores domésticos y extranjeros suelen fijarla con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, una vez obtenido y puesto en práctica el monopolio nuclear, que significó para el país imperial alcanzar la condición de vencedor supremo y por encima de sus aliados en la contienda y por supuesto, del eje Berlín-Tokio-Roma, que a partir de entonces se le subordinarían: no sin representar un elevado costo para financiar la reconstrucción de los derrotados, tal como Trump les echa en cara constantemente, recordándoles que ellos son los culpables de que Estados Unidos no haya prosperado tan rápidamente como podía haberlo hecho.
Al mirar en estos momentos al país imperial en su tormentoso andar tanto interno como externo, es oportuno recordar reflexiones como las del académico cubano, doctor Jorge Hernández Martínez- del Centro de Estudios Hemisféricos y de Estados Unidos de la Universidad de la Habana-, quien en fecha ya lejana como 2017 apuntó a la par que el lúcido cineasta Michael Moore, como anticipo de los resultados de las elecciones presidenciales en 2016: “Tales resultados se explican en buena medida a partir del rechazo a los partidos y políticos tradicionales, pero sobre todo al resentimiento acumulado ante un gobierno encabezado por un presidente negro y ante la posibilidad de que le sucediera en el cargo una mujer, unido todo a una crisis de credibilidad más amplia”.
Así fue la predicción de ambos y así surgió con fuerza para muchos inexplicable el llamado “fenómeno Trump”, que con el tiempo ha ido dándose a conocer más claramente y ha mostrado sus verdaderos y profundos orígenes. Un episodio que como pocos contribuyó a hacerlo fue el asalto multitudinario y vandálico al Capitolio de Washington en 2020, una acción que ni los más audaces se hubieran atrevido a pronosticar en el seno de aquella sociedad aun ante todas las mutaciones que ya se habían producido.
Algunos no entienden cómo el rápido ascenso del “fenómeno Trump” en esos años puede tener lugar, cuando sobreviven en ascenso todavía lenguajes y conductas que evidentemente contradicen a los que lanza el magnate hotelero de Nueva York sin experiencias políticas anteriores de ningún tipo, que no ha sido ni sheriff, ni juez, ni congresista, ni gobernador ni refleja un elevado grado de intelectualidad ni de saber científico.
Es el panorama que se ha ido creando; su grado de aprobación ha disminuido, según las numerosas encuestas que en ese país guían todos los pasos y lo llevan a menos del 40 por ciento: contribuye sobre todo a ampliar la incertidumbre con respecto al futuro inmediato que inexorablemente se acerca en pocos meses e incluye las elecciones congresionales correspondientes a 2026 y las presidenciales de 2028.

Coyunturas imprevisibles como las que abrió el sonado caso Epstein siguen profundizándose y ampliándose, pese a muchos esfuerzos hechos por el gobierno mediante el Departamento de Justicia para restarle importancia, de modo tal que recuerdan los intentos de Nixon para borrar el Watergate a lo largo de varios años, pero cuyo final no pudo entonces impedir.
En cuanto a su proyección internacional, la actual Administración exhibe un aislamiento que, contradictoriamente, busca cerrar y romper con amenazas, agresiones y constantes violaciones de la ley internacional, las normas más elementales del Derecho, la Carta de Naciones Unidas y las tensiones de distinto tipo con sus más cercanos aliados como la Unión Europea.
Las promesas electorales en favor de la paz y de no participar ni alentar guerras han sido un absoluto fracaso y el país imperial ha sido colocado al borde de las mayores violencias, lo cual fomenta también la incertidumbre e incluye a toda la población, aún a los votantes republicanos que se sienten engañados.
En el peligroso camino hacia un caos del país imperial, que pudiera arrastrar de una u otra forma al resto de la humanidad, se entrecruzan los vaticinios y apuestas con las más variadas conjeturas, teniendo en cuenta las imprevisibles reacciones de quién se escuda en ellas simuladamente o de ese modo las asume en realidad, siguiendo un plan premeditado y previsto.
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