Por Marcelo Colussi
“Toda Gaza y cada niño de Gaza deben morir de hambre.”
Ronen Shaulov, rabino sionista
“Israel no es un Estado “amigo” o “aliado”, sino un recurso militar, un francotirador a sueldo colocado en una “zona de interés” [de Estados Unidos]”.
Edu Rodríguez
Introducción
Partamos de una afirmación fuerte, contundente: hoy el Estado de Israel no representa a todo el pueblo judío, ni en el propio territorio medio-oriental (más de 7 millones), ni en la diáspora (más de 8 millones, siendo Estados Unidos el país donde más se encuentran: alrededor de 6 millones). La política que mantiene Tel Aviv es resistida, o más aún: aborrecida, por muchos judíos.
Valga al respecto lo dicho, por ejemplo, por el Partido Comunista de Israel luego de la amenaza del actual presidente Benjamín Netanyahu de aplastar a los palestinos de la Franja de Gaza, posterior al ataque de Hamas del pasado 7 de octubre de 2023:
“Los crímenes del gobierno fascista israelí, destinados a sostener la ocupación, están conduciendo a una guerra regional. Tenemos que detener esta escalada. En estos tiempos difíciles, repetimos nuestra condena inequívoca de cualquier ataque contra civiles inocentes e instamos a todas las partes a detener a los civiles en el ciclo de violencia”.
Igualmente, lo declarado vez pasada por Sergei Gornostayev (judío de origen ucraniano, actual residente en Israel), hoy día catedrático de Sociología en la Universidad de Haifa, anteriormente soldado israelí que se negó a tomar parte en uno de los tantos conflictos de Israel con El Líbano:
“Comencé lentamente a comprender el sentido de las políticas israelíes y de la ocupación, y empecé a involucrarme, más o menos activamente, en la acción política de la izquierda. También decidí negarme a prestar el servicio de reserva. Creo que lo obvio y más irritante de esta guerra es su falta de sentido. Para todos está claro que no hay conexión entre los dos soldados capturados por Hezbollah y la operación en El Líbano. Hoy, después de un mes, incluso ni los ministros recuerdan mencionar a esos pobres muchachos, y están buscando justificaciones para el conflicto”.
Es decir: hay más de un judío que no avala la agresión que realiza Israel contra los palestinos, ni contra ningún punto del Medio Oriente, aunque la imagen mediática dominante es que todos los judíos están en una guerra -supuestamente justa y necesaria, por otro lado- contra sus vecinos.

Lo anterior es una falacia total, parte de la monstruosa operación mediática de manipulación y ocultamiento de la verdad a que se somete al pueblo judío, siguiendo los pasos de quien, en su momento, fue un enconado agresor del mismo, imbuido de la locura supremacista de pertenecer a una presunta “raza superior”, el nazi Joseph Goebbels, cuya máxima de mentir descaradamente, pues “Una mentira repetida mil veces termina transformándose en una verdad”, se volvió lema infaltable y fundamental en la política israelí.
“Hamas será borrado de la faz de la tierra. Cada miembro de Hamas es un hombre muerto, pues son bárbaros y bestias”, espetó el actual mandatario israelí Netanyahu. Pero vale recordar que en estos últimos tiempos, en la agresión en la Franja de Gaza, el ejército de Israel ha masacrado a, por lo menos, 100.000 palestinos en su preconizada lucha contra el terrorismo, fundamentalmente civiles no combatientes, incluyendo niños y niñas, mujeres, ancianos, bombardeando hospitales, reduciendo el territorio atacado a escombros inhabitables. Ahora bien: ¿quiénes, realmente, son los “bárbaros y bestias”? ¿Por qué el Estado de Israel se ha convertido en esto?
Debe aclararse rápidamente que no es cierto que el pueblo de Moisés odie visceralmente a los palestinos, a los árabes, a todos los habitantes de lo que hoy se conoce como Medio Oriente. En todo caso, y eso es lo que intentaremos mostrar con el presente texto, se juegan ahí otros intereses. No estamos hablando de guerras religiosas ni culturales.
¿Qué es el actual Estado de Israel?
Ya es un lugar común en buena parte de la prensa corporativa comercial de casi todo el mundo presentar las terribles agresiones del Estado de Israel contra los pueblos árabes, y en especial contra la población palestina, como una legítima defensa ante “ataques sanguinarios de musulmanes fanáticos”. El bombardeo mediático al que la población global se ve sometida minuto a minuto ha hecho de esto un lugar común, naturalizado, aceptado casi acríticamente. En toda esa lluvia desinformativa solo se habla del ataque, siempre presentado como despiadado, de grupos extremistas contra un pueblo israelí eternamente víctima.
¿Esto es así? ¡No, en absoluto! El asunto es infinitamente más complejo. Y es necesario dejar claro desde un principio que no se trata decuestiones religiosas; en todo caso, concretos intereses geopolíticos y económicos se anudan con cuestiones teológicas, pero presentadas de tal manera -perversamente engañosa, por cierto- que podría llegar a creerse que estamos ante cuestiones de fe.
Por lo pronto, el llamado “fundamentalismo islámico” tiene mucho de creación mediática. De acuerdo con Zbigniew Brzezinsky, cerebro de la ultraderecha guerrerista estadounidense, la ayuda de la CIA a los insurgentes afganos fue aprobada en 1979, buscando así involucrar en la lucha a la Unión Soviética de modo directo. Ello sucedió, y la guerra en Afganistán trepó en forma exponencial, luego extendida a todo el Medio Oriente y el Asia central.
A través del fundamentalismo islámico -fomentado y financiado por la Casa Blanca- se ayudó a terminar con el proyecto socialista tanto en Afganistán-que había tenido su revolución popular (Revolución Saur) en 1978- como indirectamente,como en la Unión Soviética. Brzezinsky, sin ninguna vergüenza, pudo decir entonces en declaraciones públicas: “¿Qué significan un par de fanáticos religiosos si eso nos sirvió para derrotar a la Unión Soviética?”
Por parte del gobierno de Tel Aviv, hoy liderado por una suma de sionistas genocidasy sanguinarios con Benjamín Netanyahu a la cabeza, se trata, entonces, de una “heroica” lucha por defenderse de “fanáticos fundamentalistas anti-judíos”. En pocas palabras, para mostrar la otra cara del asunto:el Estado de Israel juega un papel de avanzada de los intereses geoestratégicos de Washington en la región de Medio Oriente (¿su estado número 51?),y secundariamente de potencias capitalistas europeas.
Desde su nacimiento como Estado independiente el 14 de mayo de 1948, la historia de Israel no ha sido sencilla. En realidad, si bien amparándose en el deseo histórico de un pueblo paria de tener su propio territorio, surge más que nada como estrategia geoimperial de las grandes potencias occidentales, Gran Bretaña y Francia entre las principales, con los intereses petroleros como trasfondo.
La vergüenza, la admiración y el respeto que hizo sentir el Holocausto de seis millones de judíos masacrados a manos de la locura eugenésica de los nazis, preparó las condiciones para que ese nacimiento pudiera tener lugar. Una “compensación histórica”, podría decirse.

Pero con el tiempo las cosas fueron cambiando. Su mismo nacimiento tuvo algo, o mucho, de cuestionable. Por lo pronto quien fuera su primera ministra entre 1969 y 1974, Golda Meir (apodada la “Dama de Hierro”, por su dureza e intransigencia) decía que era “imprescindible vaciar Palestina de sus pobladores originarios”.
Hoyel Estado de Israel, supuestamente amparado en ese pretendido “derecho histórico”de recuperar una “tierra prometida”, juega el papel de una base de Washington en Medio Oriente. Su poder militar, y en especial su no declarada oficialmente capacidad atómica, representa el poderío militar del imperialismo estadounidense en una zona de su especial interés geopolítico.
El expresidente estadounidense Joe Biden, siendo senador manifestó sin empacho que “Si Israel no existiera, Estados Unidos debería inventar Israel para proteger sus intereses en la región”. Más claro: imposible. Ahí tenemos la verdadera -la única, la real- clave para entender el eterno conflicto de Medio Oriente.
Hoy el Estado de Israel es una delegación del poder estadounidense -secundado también, en alguna medida, por la Unión Europea- en una zona particularmente rica en petróleo (un tercio de la producción mundial proviene de Medio Oriente y el golfo Pérsico, y en la región se encuentran las reservas más grandes del planeta, junto con las de Venezuela), riqueza que Occidente -o mejor dicho: sus enormes multinacionales (ExxonMobil, Chevron, Halliburton, Phillips 66 -Estados Unidos-, Shell -Gran Bretaña y Holanda-, British Petroleum -Gran Bretaña-, TotalEnergies -Francia) no quieren perder por nada del mundo.
Esto explica que Israel sea una potencia militar, el único país de la región con armamento nuclear, no declarado oficialmente pero tampoco nunca negado (alrededor de 100 bombas atómicas, o quizá más), listo para defender esos intereses empresariales.
Al respecto de ese armamento nuclear, si bien el gobierno de Tel Aviv no es claro en torno a él -por lo pronto nunca quiso firmar el Tratado sobre No Proliferación de Armas Nucleares-, según revelaciones que hiciera el científico nuclear Mordechai Vanunu (arrepentido luego por su accionar), que trabajó por nueve años en el reactor nuclear de Dimona en el desierto del Néguev, 150 kilómetros al sur de Jerusalén, Israel sí posee armas nucleares, según su denuncia, aparecida en 1986 en el Sunday Times, de Londres, bajo el título “Revelado: Los secretos del arsenal nuclear de Israel”.
Las filtraciones que hiciera Vanunu provocaron que el Mossad lo repatriara -a partir de una peliculesca acción de secuestro en Roma-, pasando luego 18 años en prisión en territorio israelí -10 de ellos en aislamiento completo-.
El sionismo gobernante en el país no defiende la “tierra prometida”; defiende los intereses capitalistas occidentales. El lobby judío de Estados Unidos -su principal sostén- no tiene intereses religiosos; solo tiene olor a dólar.
Valga decir que Israel es uno de los 20 países con mayor financiamiento militar de todo el planeta. En el año 2024 gastó alrededor de 25 mil millones de dólares para mantener y equipar su formidable ejército, con alrededor de 170 mil efectivos y grandes tecnologías de punta. Todo ello no tiene el más mínimo carácter ligado a religiosidad alguna, sino una avidez económica descomunal, justificada en una presunta guerra santa.
El presidente israelí Benjamín Netanyahu dijo que los palestinos deben salir de Gaza porque ese es un territorio que le pertenece históricamente al pueblo judío. ¿Razones histórico-religiosas? ¡No, en absoluto!
Dicho esto, inmediatamente declaró que la Franja de Gaza es un “buen negocio inmobiliario” que explotará el Estado de Israel junto a Estados Unidos (o junto a ese magnate inmobiliario que es el actual presidente: Donald Trump, quien se permitió decir vez pasada que la zona se convertiría en un “resort de lujo”, la Riviera de Oriente Medio). El llamado -hipócritamente- Plan de Paz presentado por el presidente Trump, con el que aspiraba ganar el Premio Nobel de la Paz en 2025, no es sino la ratificación de ese nefasto proyecto.
La ayuda militar estadounidense más grande para con algún país es la que otorga a Israel: alrededor de 4,000 millones de dólares anuales, traspasándole mucha tecnología bélica de punta, lo que representa el 17% de toda la ayuda armamentísticade la gran potencia al exterior. Para Tel Aviv eso significa el 70% de la cooperación militar externa; el resto viene de Europa.
Pero desde el 7 de octubre del 2023, luego del famoso operativo de Hamas denominado “Diluvio de Al Aqsa”, la Casa Blancadestinó más de 12 mil 500 millones de dólares para ayuda militar directa a Tel Aviv. Financiamiento que ha servido para perpetrar uno de los más repulsivos genocidios de la historia, ante lo cual el mundo no termina de reaccionar. Genocidio, por cierto, que no tiene el más mínimo asomo de reivindicación teológico-espiritual. ¿Y qué dice la ONU al respecto?
Además de esa copiosa ayuda externa, Israel produce su propia tecnología militar -siempre asistido por Estados Unidos-, lo que lo constituye en un feroz guardián del área, en todo momento listo para atacar, tal como está haciendo ahora en forma creciente. “Israel debe ser como un perro rabioso, muy peligroso para ser molestado”, expresó sin ningún remordimiento, o más aún: ¡orgulloso!, el que fuera general y ministro deDefensa israelí, Moshé Dayán. Pero… ¿no es que las religiones preconizan el amor y la paz?
¿Se repite la historia, pero al revés?
Debe tenerse bien en claro esto: el pueblo judío ha sido, desde el legendario éxodo bíblico, un colectivo marcado por la exclusión, la persecución, el escarnio. Proceso milenario que concluye con el Holocausto (la Shoah) a manos de la locura eugenésica nazi (el supuesto “pueblo culto y desarrollado de Europa” ¿?), donde murieron seis millones de sus miembros, es decir, alrededor de una tercera parte de la población judía mundial en ese entonces, para inicios de la década del 40 del pasado siglo.
Sin ningún lugar a dudas, su historia como pueblo ha sido una de las más sufridas en la historia humana (sin olvidar otros genocidios ocurridos en otras latitudes con otros pueblos, igualmente atroces, todos considerados delitos de lesa humanidad, por tanto, imprescriptibles e imperdonables en términos jurídicos).
Hoy día el Estado de Israel lleva a cabo una política de terrorismo y agresión pavorosa. Nada, absolutamente nada lo puede justificar, y las tropelías que comete contra el pueblo palestino -ahora ampliadas a una gran zona que toca todo el Medio Oriente- son tan atroces como las que sufrieran los judíos en los campos de exterminio de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo entender esto: venganza histórica?No olvidar, de todos modos, que también hay voces judías que piden terminar con esta locura militarista, con la política anexionista que impulsa el gobierno de Tel Aviv, sectores que buscan una paz genuina y una sana convivencia con sus vecinos.
Una visión tendenciosamente simplificada y maniquea de la situación de esta región del planeta pretende hacer ver la lucha entre judíos y árabes como consustancial a la historia. Pero en verdad este conflicto no es religioso, ni tampoco racial, por cuanto los palestinos son tan semitas como los judíos y durante siglos han convivido en paz. Es un conflicto de proyectos estratégico-militares, internacional y territorial, con grandes intereses económicos de por medio, y que se anuda con vericuetos psicosociales muy complejos donde no está ausente algún mecanismo por el que las históricas víctimas juegan ahora el papel de victimarios (algo así como un retorcido“resarcimiento”en tanto pueblo sufrido).

En el campo de las ciencias psicológicas (esto fue formulado por Sigmund Freud, alguien de extracción judía justamente, quien se salvó del campo de concentración por ser una celebridad mundial, permitiéndosele -o exigiéndosele- el exilio, ya en su vejez y enfermo de cáncer) existe un principio que dice: “En el momento actual se repite activamente lo que, con anterioridad, se padeció pasivamente”.
¿Habrá algo de eso en juego aquí? ¿De víctimas a victimarios? En realidad, no hay ninguna diferencia entre la “solución final” y las cámaras de gas de los nazis, sufridas por el pueblo judío, con la actual “limpieza étnica” de palestinos que hoy algunos judíos -¿en nombre de qué?- están haciendo en Gaza.
“Los árabes”, expresó el ultraderechista exmandatario israelí Ariel Sharon, “sólo entienden la fuerza, y ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen”; “y como solíamos ser tratados”, agregó con mucha perspicacia el politólogo palestino-estadounidense Edward Said.
Por supuesto que, si bien en la actual belicosidad del Estado israelí asienta en concretas y muy reales cuestiones económico-políticas, no deja de estar presente también esta arista psicológica. Casi en espejo está reproduciendo lo que ocho décadas atrás sufrió en carne propia.
Ahora bien: no siempre el Estado de Israel fue esa máquina de masacrar palestinos que es hoy día, ese “peligroso perro rabioso” del que se ufanaba aquel militar. En un primer momento, luego de su creación en 1948, no jugó el papel que actualmente se le conoce; por el contrario, trató de mantener una política de neutralidad entre los bloques de poder de entonces. Aunque ello duró poco. Para comienzos de los 50 comienza a alinearse con una de las potencias que libraba la Guerra Fría: los Estados Unidos, y la doctrina de la neutralidad es desechada. En 1951 el premier israelí David Ben Gurión propuso secretamente enviar tropas de su país a Corea del Sur como ayuda a la guerra librada por Washington contra la prosoviética Corea del Norte.
Pero durante la década de 1950 Estados Unidos no estaba interesado en fomentar la inestabilidad del Medio Oriente -tal como sucede ahora-, cuyas principales zonas de interés coincidían con los intereses inmediatos del mayor grupo petrolero norteamericano en el Golfo Pérsico y en la Península Arábiga. Por eso en esa época los aliados estratégicos del militarismo israelí fueron Francia y Gran Bretaña. Luego de la Guerra del Sinaí de 1956 la situación regional empezó a preocupar a la administración de Washington, con el presidente Eisenhower a la cabeza.
Para ese entonces comienzan a caer los regímenes monárquicos apoyados por Gran Bretaña, y en su lugar se da el ascenso de proyectos militares anti-occidentales que acudieron a la ayuda político-militar soviética. John Kennedy fue el primer presidente estadounidense que le vendió armas a Israel, ya partir de 1963 comenzó a forjarse una alianza no oficial entre el Pentágono y los altos mandos del ejército israelí.
Esta supeditación de los intereses nacionales a la lógica del enfrentamiento entre las, por ese entonces, dos superpotencias globales por zonas de influencia y control en el Medio Oriente no sólo reprodujo la lógica del conflicto árabe-israelí, sino que echa mano -sin saberlo seguramente- de esa trágica historia del paso de víctima a victimario: “ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen”, así como fuimos tratados nosotros en la Shoah (el Holocausto, o la Catástrofe, en hebreo).
La prensa occidental de las grandes corporaciones mediáticas nos tiene acostumbrados a presentar la convulsa situación del Medio Oriente como producto del terrorismo islámico del que es víctima el estado de Israel. Pero como dijo Adrián Salbuchi:
“Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel han declarado a Hamas y Hezbollah como “organizaciones terroristas”.Conviene recordar, sin embargo, que el origen de las Fuerzas de Defensa Israelíes [el Ejército] surge de la fusión en 1948 de tres grandes organizaciones terroristas: los grupos Stern, Irgun y Zvai Leumi que previo al surgimiento del Estado de Israel, perpetraron crímenes terroristas como el asesinato del mediador de la ONU en Palestina, Conde Bernadotte (organizado por la guerrilla a cargo de Ytzakh Shamir, luego primer ministro israelí), y el ataque terrorista con bombas en 1947 contra el Hotel Rey David de Jerusalén, sede de la comandancia militar británica (perpetrado por la guerrilla de Menahem Beghin, luego también primer ministro israelí). Una de dos: o todos estos grupos -Hamas, Hezbollah y Ejército Israelí- son catalogados como “fuerzas de defensa”; o son todos catalogados como ‘grupos terroristas’”.
Conviene recordar también que las voces más racionales surgidas entre judíos, como la de Ytzakh Rabin, ex primer ministro que buscaba un entendimiento con sus vecinos árabes, fueron silenciadas por los fundamentalistas guerreristas que tienen secuestrado el Estado israelí. Rabin -como dijo el citado Saluchi-
“fue acribillado a balazos en Israel no por un terrorista musulmán; no por un neonazi; sino por Ygal Amir, un joven militante sionista israelí estrechamente vinculado al movimiento ultraderechista de los colonos, y próximo al Shin Beth, el servicio de seguridad interna israelí”.
Si alguien no quiere la paz en esta zona, parece ser el gobierno israelí precisamente. Y más aún: ello es así, cumpliendo un mandato que -todo lo indica- llega del Wall Street a miles de kilómetros de distancia, viabilizado por la Casa Blanca y el correspondiente presidente de turno -que, dicho sea de paso, nunca es judío-.
Estado militar de Israel: ¿a quién conviene?
La inestabilidad, los conflictos ylas guerras periódicas son el medio funcional para el florecimiento de los negocios de las corporaciones de la industria de armamentos y de las grandes empresas petroleras.
“Así como los gobiernos de los Estados Unidos[y otras potencias capitalistas]necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte”, expresó vez pasada James Paul en un informe del Global Policy Forum. Lo trágico en este anudamiento de intereses complejo es el papel al que se destina a un pueblo tan sufrido históricamente como el judío. Y mucho más aún, al pueblo palestino, que juega hoy el papel de víctima masacrada. El llamado “fundamentalismo islámico”, o sea los “sanguinarios terroristas musulmanes”, son una creación de la CIA para justificar su avanzada en una zona de intereses vitales de la Casa Blanca. Es, en definitiva, un mecanismo de control y adormecimiento de las poblaciones, así como lo es el neopentecostalismo impulsado en Latinoamérica, básicamente para detener las posiciones sociales y de vanguardia de la Teología de la Liberación de la Iglesia católica. Es ahí donde se ve con claridad lo dicho por el teólogo italiano Giordano Bruno en el siglo XVI, lo cual le valió la hoguera inquisitorial:
“Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”.
Si alguien dijo, quizá inocentemente, que “en la guerra nadie gana”, eso no es cierto:ganan quienes la promueven. La estrategia de hegemonía global de Estados Unidos necesita la guerra. Un Medio Oriente en llamas le es funcional, por eso abiertamente apoya la injustificable e inmoral intervención militar israelí en Palestina, y más aún, en toda la región. El bombardeo que llevó adelante Tel Aviv en Doha, Qatar, cuando dirigentes de Hamas y de Israel buscaban acuerdos de paz en junio del 2025, deja ver la absoluta complicidad de Washington en este proyecto: es incomprensible cómo, la base militar del país norteamericano más grande en la región de Medio Oriente ubicada justamente en Qatar “no supo” nada de esos aviones que llegaban. El involucramiento del gobierno de Estados Unidos en estas guerras sanguinarias es total, aunque luego el mandatario Trump se quiera mostrar como el gran pacificador, aspirando incluso -aunque suene risible- al Premio Nobel de la Paz.

¿Se estará buscando una guerra regional de proporciones gigantescas, incluso con armamento nuclear? ¿Quién gana con eso? La población de a pie, de ninguna de las partes implicadas, seguro que no. ¿Las tradicionales élites de poder: Wall Street, las petroleras, el complejo militar-industrial de Estados Unidos, Silicon Valley? Así parece.
El Estado de Israel-que, repitámoslo una vez más, no significa la totalidad del pueblo judío- continúa imperturbable su política de invasiones y agresiones contra todos sus vecinos; ahora ya no es solo contra los palestinos de la Franja de Gaza -a los que busca exterminar en su totalidad, como otrora sucedía en los campos de concentración nazis con los judíos- sino con toda una amplia zona. Cada guerra que libra -ahora son innumerables los frentes de batalla que tiene abiertos-como dijo Alfredo Jalife-Rahme, constituye un
“eslabón en la cronogeopolítica de 104 años que busca implementar el proyecto del “Gran Israel” del río Éufrates al río Nilo (las dos franjas azules de su bandera)”.
Desde la llamada Declaración Balfour de 1917, impulsada por el entonces ministro de Relaciones Exteriores británico Arthur James Balfour dirigida al barón Lionel Walter Rothschild -banquero judío, sionista, uno de los hombres más ricos del planeta- buscando el establecimiento de un “hogar nacional judío” en Palestina, para el sionismo fundamentalista la idea de una “tierra prometida” siguió creciendo. Hoy, con un carácter mesiánico (¿quasi delirante?), Netanyahu -y por supuesto los poderosos capitales estadounidenses que lo apoyan- está llevando adelante ese proyecto.
Desde octubre de 2023, aprovechando el ataque de Hamas, el gobierno sionista comenzó a producir una siempre creciente escalada de ataques y agresiones en zonas cada vez más amplias. Además de la monstruosa situación de Gaza -un “campo de concentración a cielo abierto”, como dijera el Papa León XIV- donde ya se contabilizan más de 100.000 palestinos muertos al momento de redactar este texto, por lo que el hecho ya fue calificado abiertamente como genocidio, amén de todas las medidas que está tomando para evitar que llegue ayuda humanitaria a la zona (deteniendo, por ejemplo, los barcos que así lo intentaron), Tel Aviv ha tenido crecientemente enfrentamientos con otros actores: con Hezbollah en El Líbano, perpetrandoincursiones en Cisjordania, manteniendooperaciones de ataques contra los hutíes en Yemen, librandouna guerra abierta con Irán en junio de 2025 -de la que no emergió ganador-, y luego atacando a Qatar para evitar negociaciones de paz con delegaciones palestinas. Muerte y destrucción por doquier, sostenidas con el argumento de supuesta “defensa de su propia integridad ante las amenazas existenciales” de las que sería víctima.
¿Qué significa toda esta avanzada bélica, esta siempre creciente agresividad del Estado de Israel?No hay que olvidar que tras todo esto está en todos los casosel gobierno de Estados Unidos y, básicamente, su poderoso lobby judío. Washington no se molesta en ocultarlo; por el contrario: participa activamente en más de una oportunidad.
En el enfrentamiento contra Irán, dado que Tel Aviv no tenía la capacidad militar para atacar los laboratorios persas, activó su propia aviación para bombardearlos. En Qatar, pese a la supervigilancia que desarrolla en su base más sofisticada de la zona, dejó llegar el ataque israelí. En Gaza, avala directamente el genocidio, y ha impedido reiteradas veces en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas resoluciones condenatorias contra el exterminio impiadoso que se está realizando, argumentando que Israel actúa “en defensa propia”, así como se niega rotundamente a reconocer a Palestina como Estado autónomo.
El Plan de Paz que propuso para la zona solo busca una virtual capitulación de la resistencia palestina. Allí no habría ninguna paz, sino la derrota y la sumisión completa a la hegemonía israelí por parte del pueblo palestino, siendo Washington quien establece la agenda, con la complicidad de los gobiernos árabes de la región y de la propia Autoridad Nacional Palestina -estructura impuesta y tutelada por el imperio-, la que termina siendo un aliado de la ocupación israelí, traicionando la causa liberacionista de su propio pueblo sufrido.
No debe olvidarse que ese presunto “gobierno palestino”, hoy encabezado por Mahmud Abbas, según denunciara Edward Said, no defiende la liberación de Palestina dada su “falta de democracia, corrupción y la existencia de monopolios asociados al gobierno, incluso con miembros de la seguridad israelí”.
Estados Unidos: el verdadero titiritero que mueve los hilos
El papel que juega Israel en esta geopolítica no puede desprenderse de quien realmente lo sostiene: Estados Unidos. Estaimpunidad con que se mueve Tel Aviv, recibiendo siempre el beneplácito de la Casa Blanca, puede entenderse en definitiva como un esfuerzo desesperado de una potencia que va cayendo, tomando a Israel como su alfil para desarrollar su defensa.
¿Qué escenario hay tras todo esto? Seguir intentando empantanar a Rusia en su guerra contra Ucrania -¿quizá forzándola a utilizar armamento nuclear táctico, preámbulo entonces de un Armagedón generalizado?-, continuar levantando al Estado de Israel como potencia dominante de Medio Oriente con poderío nuclear destruyendo la capacidad atómica de Irán -cosa no lograda de momento- y sometiendo a todos los aliados de Teherán (Hamas, Hezbollah, hutíes), para tener aseguradas las reservas petroleras de la zona, seguir provocando a China a partir de la situación de Taiwán -“provincia rebelde” para Pekín, “territorio libre de comunismo” para la visión de Washington-.
El día del bombardeo estadounidense a los tres laboratorios nucleares iraníes: Fordow, Natanz e Isfahán, con la operación “Martillo de medianoche”, en junio de 2025, casualmente llegaba a Teherán el primer tren inaugurando la Nueva Ruta de la Seda entre China e Irán. Todo eso tiene como objetivo final bloquear el intento de crecimiento del área BRICS+ -teniendo a China como principal enemigo-, intentando impedir una economía que se aleje del dólar. Dicho de otro modo: hacer lo imposible por detener (o lentificar) su propia caída como actual imperio hegemónico.
Esa caída, muy al pesar de su clase dominante, ya ha comenzado y no parece detenerse. Si bien su economía es, aparentemente, próspera, la misma se basa en un mecanismo financiero mafioso que no tiene futuro: su moneda ya no tiene respaldo, y 47 de los 50 estados que conforman la Unión (salvo California, Texas y Nueva York, donde asienta el lobby judío) están técnicamente en recesión.
¿Por qué Estados Unidos está cayendo ahora? Porque desde hace ya largos años empezó a consumir más de lo que produce, porque su voracidad sin límites lo ha ido llevando a una situación insostenible.
Ese consumo desaforado ocasiona deuda; gastar más de lo que se puede es un despropósito, algo insostenible en el largo plazo. Un ciudadano término medio de ese país utiliza en promedio 150 litros de agua diarios para todas sus necesidades, mientras que un similar en el África sub-sahariana emplea solo entre uno y dos litros. ¿Qué puede justificar esa loca y asimétrica injusticia? Absolutamente nada; solo lo explica un voraz afán de poderío desmedido, sin límites, en nada solidario -aunque oficialmente se declare cristiano, por tanto, movido por el “amor al prójimo”.
Esa deuda que viene arrastrando de años -fiscal, interna y externa- es técnicamente impagable, porque no existe respaldo real a esa gigantesca masa de dinero: 36 billones de dólares, equivalente al 124% de su PIB (superando los niveles posteriores a la Segunda Guerra Mundial). Hay allí burbujas financieras que, tarde o temprano, estallan.

La primera economía mundial presenta severos problemas: una decena de bancos ha quebrado en los últimos cinco años, y ahora se anuncia que otros sesenta están al borde de la bancarrota. Desde hace décadas se habla de la peligrosa “burbuja” en la que vive el país, con una intrincada mezcla de factores: una moneda sin respaldo real que comienza a ser seriamente atacada por los BRICS y el proceso de desdolarización en marcha, una deuda exorbitante técnicamente imposible de ser honrada, la extrema volatilidad de la Bolsa de Valores, un abultado déficit en la balanza comercial con los países asiáticos.
Cuanto más pasa el tiempo, más se acumulan esos problemas y más aumenta la posibilidad de una implosión, es decir, la posibilidad de que la burbuja reviente. Varios Premios Nobel de Economía han advertido ese peligro.
Pues bien: ese consumismo desmedido es insostenible, inconducente. Con un 4% de la población mundial, Estados Unidos consume el 25% de la riqueza global. ¿Quién paga eso? De momento, el resto de la humanidad. Por eso esa gran potencia saquea, expolia, impone su fuerza bruta. Su moneda, el dólar, vale porque unas monumentales fuerzas armadas la sostienen, con alrededor de 800 bases militares diseminadas a lo largo y ancho del planeta, y armamento nuclear que nos transforma a toda la humanidad en sus rehenes. Pero los tiempos están cambiando.
El petróleo, elemento vital para la economía de todos los países, es una clave para entender estos fenómenos. Su comercialización, al menos hasta la fecha, se ha manejado en dólares, los llamados “petrodólares”. Esa moneda, impuesta por el imperialismo estadounidense, es la que rige las petrotransacciones internacionales.
Cuando algunos países (Irán, Iraq, Corea del Norte, Libia, Siria) manifestaron su alejamiento de la zona dólar para pasar a otras monedas (euro, rublo, yuan, yen, cesta combinada de divisas) en su comercio internacional, básicamente el petróleo, fueron declarados miembros del “eje del mal”, supuestamente por apoyar al siempre impreciso y nunca bien definido “terrorismo”. Y algunos fueron invadidos.
Está claro: Washington tiembla (¡y tiembla mucho!) cuando ve que su moneda puede perder valor. O, dicho en otros términos, cuando ve que su reinado puede empezar a caer. Para la geoestrategia de la Casa Blanca perder la hegemonía del dólar para las transacciones petroleras marca el principio del fin de su supremacía. Es por eso que quiere asegurarse a toda costa las reservas petroleras mundiales (al menos la mayor cantidad) para no verse sujeta a un comercio donde no es Washington el que pone las condiciones. Pero esa caída, mal que le pese a Washington, ya comenzó: para el 2000, el 71% de las reservas mundiales de todos los bancos centrales estaban expresadas en dólares; 20 años después bajaron a 58%. Su reinado comienza a resquebrajarse.
La parafernalia interminable de ataques de Estados Unidos contra Venezuela, culminada con el reciente secuestro del presidente Nicolás Maduro en un acto que pisotea el derecho internacional, no tiene en lo más mínimo la intención de defender un sistema de democracia occidental ni ir contra una supuesta dictadura ni combate al narcotráfico; tiene como único objetivo manejar las reservas de oro negro que se encuentran en ese país caribeño, las más grandes del mundo, con 305,000 millones de barriles.
El presidente Trump, luego de la incursión en Caracas, altisonante dijo que Estados Unidos administrará la patria de Bolívar a partir de ahora, vendiendo como propio ese petróleo. El descaro es total, pero las cosas, sin embargo, cambian.
Hacia un mundo multipolar: ¿Israel impidiéndolo?
La geopolítica va cambiando a pasos agigantados. El unipolarismo absoluto de Estados Unidos cuando cae la Unión Soviética y se desintegra el bloque socialista europeo, hoy día va cediendo lugar a un esquema multipolar, donde tanto la República Popular China como la Federación Rusa juegan un papel clave. Son estos dos países -primera y cuarta economía mundiales, según la medición de su Producto Bruto Interno de acuerdo a la paridad de poder adquisitivo- los que impulsan este bloque que va cobrando fuerza creciente, conocido como BRICS+.
Dicho bloque-que no constituye una propuesta socialista, anticapitalista, pero que abre una nueva perspectiva en el tablero internacional-, definitivamente sigue avanzando, y su peso global ya es significativo (más de 40% del producto mundial, con enorme poderío científico-técnico y militar, y una enorme población, que alcanza a la mitad de la humanidad).
Ese crecimiento pone muy nervioso al Estado profundo de la potencia americana (Wall Street, Silicon Valley, las petroleras, el complejo militar-industrial: los verdaderos mandamases), porque le hace ver que no tiene un futuro esplendoroso por delante. ¿Qué saldrá de eso: una Tercera Guerra Mundial híbrida, con armamento nuclear limitado? No es improbable. Ahí está Israel con sus 100 bombas atómicas listas.
Por lo pronto, las grandes potencias que lideran los BRICS+, China y Rusia, guardan un expectante, muy prudente silencio ante el genocidio de palestinas y palestinos. De hecho, no lo denuncian abiertamente, si bien China propuso que el Estado palestino pase a formar parte de los BRICS+. Sin dudas en ese conflicto de Medio Oriente se juega la posibilidad real de que se encienda la mecha de una gran guerra que involucraría a todo el planeta: Tercera Guerra Mundial. Nadie la quiere, pero los tambores de guerra suenan.
El pueblo judío está manipulado hasta la médula. La prédica con que se le bombardea en forma continua intenta ponerlo como víctima perpetua de un ataque de sus vecinos, activando así el imaginario histórico de una agresión antisemita visceral. Pero no todos los judíos terminan creyéndoselo, y hay voces críticas contra esto. La comunidad judía, sin dudas sufrida desde tiempos inmemoriales, merece algo distinto a este gobierno genocida, hoy encabezado por un sionista y fanático militarista como Benjamín Netanyahu.
De todos modos, es altamente preocupante ver cómo en distintas partes del planeta esa monstruosa manipulación que hacen los poderes dominantes logra que las poblaciones -confundidas, engañadas hasta el cansancio- opten con alegría por sus propios verdugos en el momento de votar en las “democráticas” elecciones. Hoyestamos ante el peligro de un intento de aniquilación del pensamiento crítico, que es lo mismo que decir: de la protesta popular. Las derechas neonazis avanzan por todas partes; ¡es imperioso detenerlas!
La presencia y belicosidad absoluta del Estado de Israel juega un papel clave en esta política imperial de Washington que busca evitar -o retrasar- su caída, oficiando de ariete en una zona altamente importante para la economía global. Todavía -y quizá eso va a ser así por varias décadas- vivimos la cultura del petróleo. Por tanto, las regiones que lo atesoren en su subsuelo serán campo de batalla sin piedad, como de ello está dando cuenta en este momento la República Bolivariana de Venezuela, agredida vilmente por la bota imperial.
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