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viernes 13 de febrero de 2026

Frankenstein, o la creación del monstruo fascista

Por Ernesto Espeche

Hace unas horas llegó a mi correo un texto escrito hace más de tres años. Quien lo suscribe, un docente universitario, se mantiene oculto desde entonces a pesar de manifestar su disposición a entregarse a la justicia.

Mantendré en reserva la identidad del autor al tiempo que cumplo con su voluntad de dar a conocer el contenido que abajo reproduzco sin comillas ni señas particulares, como si fuese mío.

Presiento que este material fue enviado, antes, a otros periodistas, pero algo o alguien impidió que circulara. El hecho factual al que refiere es de fácil dilucidación aunque podría corresponder a muchos otros en tanto es representativo de la escena argentina y regional pospandémica.

Él es un caso testigo: publicarlo, entonces, es un modo de mirar la totalidad. El título que elegí, finalmente, busca desalentar pactos de lectura que inviten a un abordaje ficcional de lo que viene. Es un testimonio- crudo, impiadoso- y como tal -sugiero- debe ser tomado.

………

Esta noche lo vi en la tele y lo reconocí de inmediato. Fue él. ¿Cómo negarlo? Pude sentir la culpa como un fuego expandiéndose por mi cuerpo con foco en el estómago. Fue él quien gatilló dos veces. Fue él quien quiso matar a esa mujer ante los ojos de todo el mundo. Fue él quien cayó al piso sujetado por una multitud de militantes enardecidos. Fue él a quien subieron, esposado y con la cara cubierta, a un patrullero. ¿Por qué lo hizo?

Puedo sospecharlo pero no seré yo quien lo juzgue. Tengo, en todo caso, la obligación de responder por él; hacerme cargo. Sepan ustedes, mis ocasionales lectores, que este breve escrito, sólo tiene un sentido: asumir mi propio fracaso en esta historia. Yo lo creé y ahora, entonces, debo entregarme.

Yo lo cree. Yo lo hice. Quisiera que mi confesión se entienda bien: renuncio a cualquier pretensión divina; acepto, sin embargo, los cargos que me correspondan por moldear, por inculcar, por transferir saberes, ideas, valores. Yo mismo elegí qué era lo importante, decidí por él cual era el conocimiento que debía tener incorporado, cocido a su conciencia, arraigado en su ser para poder estar en el mundo.

No crean, por favor, que estoy atribuyéndome facultades que me exceden. Fui más que su profesor; de esos tuvo muchos, algunos buenos, otros no tanto. Cuando lo conocí- y esto es inapelable- nadie ni nada lo amarraba a este mundo. Estaba como suelto, como extraviado, esperando un soplo vital, un impulso que lo mantuviera vivo, realmente vivo.

Ningún contenido, ninguna asignatura, ningún tema lograba interesarlo. Digo que es mi creación porque fui yo quien se ocupó de darle una vida para que pueda, al fin, disponer de ella con total y absoluta libertad. Nadie puede ser libre, acordarán conmigo, sin antes formar parte del mundo de los vivos.

Me acerqué, tomamos contacto, le ofrecí una tabla para que pudiera sostenerse. Lo salvé del naufragio, le mostré el camino a tierra firme. Entonces llegaron los libros, las charlas fuera del horario de clase, los intercambios sobre los temas más diversos. Con el paso de los días descubrí algo nuevo en sus gestos, y hasta pude notar cierto entusiasmo en su voz y en los movimientos de sus manos. Estaba vivo.

¿Cómo llegó a ser el sujeto que ustedes conocieron por los medios? El monstruo, el desquiciado, el sociópata; así lo llaman porque no lo conocen de verdad. No los culpo pero sepan que, al menos para mí, nada es lo que parece a simple vista. Retomo. ¿Cómo llegó a ser lo que hoy ven en él? Una vez que lo saqué del marasmo en el que estaba sumido y pude conectarlo con el mundo, decidí introducirlo en los debates teóricos que, según entendía, lo ayudarían a comprender, primero, y resolver, después, ese sentimiento de extrañeza, de malestar, de hostilidad que le provocaba una sociedad que lo rechazaba.

Se trataba de darle herramientas para entender al poder, las claves de su conservación y las posibilidades de su demolición. Yo lo impulsé a pensar la democracia por fuera de sus rasgos formales, incluso le ayudé a cuestionarla. Le inculqué, es más, que la política no podía limitarse a ser el vacuo arte de lo posible. ¿Alguien podría condenarme por eso?

A la luz de los hechos, quizás deba ser condenado. Pero quisiera que entiendan mis acciones a partir de mis circunstancias: ¿cómo iba yo a suponer semejante desenlace cuando me embarcaba en la apasionante, incluso loable, misión de crear a un sujeto libre? Visto en perspectiva, ¿cuál fue mi error? ¿Ustedes no hubiesen hecho lo mismo?

Luego de unos días el sujeto tenía, por fin, un mundo por delante, y se estaba preparando, no sólo para habitarlo, sino para entenderlo y, por qué no, para transformarlo. ¿O acaso hay un sólo sentido para las prácticas transformadoras? Imaginé un itinerario para sus estudios superiores y dibujé, incluso, un mapa para el avance de su instrucción. Lo proyecté hacia un futuro. ¿Qué hay de malo en eso?
Una tarde, ya no recuerdo con exactitud cuándo fue, me interrumpió en clase de un modo casi violento, petulante, y cuestionó mi autoridad frente al resto de los estudiantes. Recuerdo ese instante como el principio del fin. Era casi el final del curso.

Enfrentarme, desconocerme como su creador, podría decirse, fue casi lo último que hizo en mi presencia. No quise discutir en ese momento. Ya volverá, eso pensé, y entonces aclararemos que tuvo un mal día, que a todos nos puede pasar, que no volverá a repetirse, que seguiremos adelante como si nada hubiese pasado. Pero no volvió. Siguió solo. Sin mí. No estaba listo para eso que le estaba regalando.

Supe de él por sus compañeros que se había mudado de casa, que no tenía un lugar fijo, que dejó de estudiar, que sus amistades habían cambiado, que estaba irreconocible.

Pude salir a buscarlo. Debí hacerlo cuando aún estaba a tiempo. Pero no quise o no pude hacerle frente a eso en lo que se había convertido mi creación. ¿Cobardía? Tal vez.¿Despecho? Quizás. ¿Enojo? Seguramente.

Sublevarse, eso fue lo que hizo. Me rectifico: eso fue lo que me hizo. Una sublevación hegeliana, de esas sin marcas factuales, de esas que duelen, que nos dejan incompletos, que invierten el carácter de una relación en apariencia cristalizada; de esas que vuelven imposible el reconocimiento porque no hay, en esencia, libertad posible. Creerán que desvarío, pero entenderán, si es que pueden por un instante correrse de los márgenes que delimitan la cordura, que estoy a punto de entregarme por un acto criminal del que no participé pero que, de algún modo, yo cometí.

Vuelvo: cuando se alejó de mí, el sujeto se reencontró con lo más oscuro de su ser. ¿Eso eligió? ¿Esa es su versión de la libertad? ¿Y la libertad que yo le ofrecí? Involucrarse con grupos fascistas, lanzarse a cometer crímenes de odio en nombre de una libertad de fronteras brumosas…eso fue lo que me hizo frente a las cámaras de televisión y yo aún no entiendo del todo por qué, aunque puedo sospecharlo. Como sea, soy culpable porque yo lo hice. Entonces, como les dije al comienzo de estas líneas, ahora debo entregarme.

Dejo aquí mi testimonio de cómo fueron sucediéndose los hechos, aquellos anteriores, pero con consecuencias actuales, los pasos previos de un monstruo antes de tomar su forma actual. Dejo aquí mi alegato que es, también, una constatación que desacredita cualquier efecto adoctrinador de la educación y que, en tal sentido, abre interrogantes sobre qué hacemos cuando creemos que educamos. No tengo respuestas, no ahora, no después de lo que sucedió.

Asumo mi responsabilidad sin pretender valerme de atenuantes. No aspiraré a una exculpación hipócrita. La justicia, ustedes mismos, o quienes tomen ese rol, dirán lo suyo y yo aceptaré sus dictámenes.

Sin embargo diré aquí, como única defensa, que no soy el último eslabón de la cadena: me hago cargo de los actos de mi creación, pero el verdadero Frankenstein, que no es otro que el mismísimo sistema, deberá hacerse cargo de lo que le toca en este asunto; a fin de cuentas, yo apenas soy una de sus tantas creaciones.

rmh/ee

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