Por José Luis Díaz- Granados
El librero y escritor Álvaro Castillo Granada, compañero de siempre en las buenas y en las regulares, antes de emprender un extenso periplo por Europa, me acaba de informar la dolorosa noticia de la partida a la eternidad de Aitana Alberti León, la más entrañable y generosa amiga durante mi exilio de seis años en la amada Cuba, donde pude compartir con ella tantas nobles veladas y contarnos tantas alegrías y sinsabores vitales, conocer de primera mano tantos secretos de Rafael Alberti, su padre, el descomunal poeta de todas las Españas, y de su madre, la bella y melancólica María Teresa León, pero también de su padrino Pablo Picasso y de su amiga y confidente Delia del Carril, cuando Aitana era una adolescente y “La Hormiga” se estaba separando de Pablo de América.
Fueron muchos, incontables, los encuentros tanto en mi casa como en la de ella, donde vivía con su esposo, el poeta cubano Alex Pausides. Aitana recordaba el exilio de sus padres cuando lo último que vieron desde el avión que los llevaría a otros cielos, fue la cordillera con el mismo nombre de la niña y seguramente vio en Gladys, mi compañera, y en Carolina, mi pequeña hija de ocho años, su propio retorno a esos tumultuosos años 40, cuando el padre cantaba: “Para ti, niña Aitana, en estos años duros, mi más bella esperanza”…

El día que conmemoramos en La Habana el centenario del nacimiento de Neruda, que por escasos tres días coincidía con mi cumpleaños, Aitana me regaló una réplica del caracol que Alberti, en la España en armas, le había obsequiado al rey de Isla Negra, con el cual éste comenzó su famosa colección de piedras y conchas marinas, y ese mismo día mi Aitana del alma me nombró miembro de honor de la Cofradía del Tritón Nerudiano. Meses después, durante un viaje con otros escritores a la ciudad de Matanzas para rendir homenaje a la poeta Carilda Oliver Labra, Aitana me contó infinidad de anécdotas de su infancia cuando visitaban al coloso pintor del “Guernica” o cuando departieron con Bertold Brecht, con Raúl González Tuñón, y con tantos otros seres que le inventaron al siglo XX la belleza que las guerras borraban…
En otra oportunidad me referiré en detalle a las muchas vivencias y pláticas conjuntas que compartimos en la Isla Infinita y por supuesto, ahora solo le doy rienda suelta a la dolorida noticia del fallecimiento de la niña Aitana, ahora “ya que eres aire y eres como el aire y remontas en el aire que quieres —le cantó su padre—, feliz, callada y ciega y sola en tu alegría, aunque para tu luz yo te abriera más cielo, no olvides que hasta puede deshojarse en un vuelo el aire, niña Aitana, Aitana, niña mía…”.
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