En lo relativo a la economía cubana ya no parece reiterarse, como hace unos pocos años, el propósito de hacerla próspera y sustentable. Son calificativos que merecerían definir asimismo el funcionamiento social y la vida cotidiana en su conjunto, y estarían incompletos si no los acompaña amable.
Aunque la solvencia económica demandada por la sociedad, por el pueblo de Cuba, es justa y necesaria, no se debe esperar por ella para luego intentar que la vida sea- valga la redundancia presente en el desiderátum- vivible. Se conoce la interrelación que existe entre las condiciones materiales y la dinámica social en un entorno determinado, y se sabe que en gran medida las primeras son determinantes. Pero no son las únicas que actúan en la realidad por la que una sicóloga le dijo a una colega de la prensa: “La Habana es una ciudad muy poco amable”.
Según el testimonio que llegó al autor de este artículo, tal juicio apuntó al estado de las aceras y las calles, y a otras condiciones, colas incluidas, que les dificultan y amargan la existencia a personas de edad avanzada. Sí, eso es cierto; pero- para solo considerar el deplorable estado de las aceras, asunto sobre el cual no se hacen aquí puntualizaciones en las que cualquier persona puede estar pensando, y hasta haberlas sufrido- esa realidad es incómoda y peligrosa, nada amable, para transeúntes de cualquier edad.
¿Habrá un registro de representantes de la infancia, la adolescencia, la juventud, la adultez y la ancianidad que se han caído- se han accidentado- al caminar por las aceras? Y ¿es seguro que ocurre únicamente en la capital? Aunque pese y duela, la grosera economía marca pautas y tiene implicaciones determinantes hasta donde el jején puso el huevo, literalmente hablando, porque la insalubridad asociada a carencias materiales se vincula con el deterioro de las costumbres, y con otros hechos indeseables, como la proliferación de agentes patógenos.
El homenaje permanente que merece un científico de la talla de Carlos J. Finlay, orgullo de la nación, no debe limitarse a repudiar los manejos imperialistas que lo despojaron del Premio Nobel: ha de incluir la demostración objetiva de que sus lecciones son atendidas como se hizo en otros momentos con campañas de higiene pública en pos de la salud general.
Si se va a esperar a que estén garantizadas las condiciones materiales para entonces plantearnos alcanzar- o rescatar, verbo cuya reiteración es un dato relevante- modos de comportamiento sanos y civilizados, puede ser que no se garantice la salud pública y no se alcance prosperidad ni en la economía ni, mucho menos, en la cultura y la ética.
En una tradición histórica como la cubana sería tan irresponsable confundir la civilidad con los excesos de civilismo- tendencia esta última que puede haber sido igual de nociva que la contraria, el militarismo-, como desautorizar la civilidad estimándola incompatible con la firmeza combativa. La sabiduría colectiva ha dictaminado que lo cortés no quita lo valiente, y podría añadirse: lo valiente por sí solo no asegura cortesía ni otras virtudes fundamentales.
Aunque la lucha por la supervivencia resulte ardua y no se lograran plenamente en ella las victorias que el pueblo necesita y merece, urge impedir que las penurias materiales calcen la justificación de carencias en otras esferas. Y no se debe confundir instrucción con cultura, aun cuando en su vertiente instructiva la educación no estuviera sufriendo menguas contrarias a los ideales que la Revolución fraguó y ha defendido.
La agricultura, no las exquisiteces de salón, es la base de la cultura misma, y a más de un sabio se le atribuye haber exclamado ante campesinos protagonistas de la sabiduría en el cultivo de la tierra: “¡Qué cultos son estos analfabetos!”. En Cuba era natural- y ojalá todavía lo sea- reconocer algo que merece seguir siendo cierto: la cultura del campesinado, expresada ante todo en las normas de conducta, civismo y educación natural en el trato entre seres humanos, desde el elemental acto de saludar, más escaso en general hoy que el efectivo en los informatizados cajeros automáticos. Que el mundo ande mal no autoriza a descuidar el entorno cercano.
La condición de revolucionario incluye los cimientos del amor, empezando por la capacidad de sacrificio y la entrega al bien común, ya se trate de tareas dentro del país o de misiones internacionalistas. El amor, que debe propiciarse y cultivarse, no concierne única ni principalmente a las relaciones de pareja: se extiende a la solidaridad y otras virtudes que deben fortalecerse, cultivarse, como prácticas culturales, lo que recuerda una vez más el raigal vínculo histórico entre cultivo y agricultura.
No se trata de la caridad o de la filantropía burguesa que ahora se elogian frente a requerimientos de la existencia, a menudo como actos de piedad ejercida por parte de las personas que más tienen para beneficiar a las menesterosas o más vulnerables. Y este último calificativo se ha puesto de moda cuando debería preocupar. ¿Por qué hay quienes terminan sumidos en la vulnerabilidad?
Al destinatario de su carta-ensayo El socialismo y el hombre en Cuba, de 1965, Ernesto Che Guevara le expresó: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad”. Abrazada por un guerrillero ejemplar, esa idea ha de valorarse en sí misma, y para enfrentar con ella manejos que se han urdido perversamente para denigrar al Che.
En su manifiesto de 1967 titulado Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, él habló del “odio como factor de lucha”, en un sentido que hace pensar más bien en la rabia revolucionaria del espíritu justiciero frente a la explotación de unos seres humanos por otros, y a los crímenes del imperialismo y sus aliados. Mencionó él: “el odio intransigente al enemigo”, el “que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”.
Aunque la saña con que sus detractores han manipulado la imagen de la “fría máquina de matar” puede mover a pensar que no es necesariamente el más feliz de sus clarísimos criterios, la posibilidad de convertirse en esa máquina es un retrato de la realidad impuesta por los opresores a los pueblos, no una aspiración del Che. De ahí otros juicios suyos en El socialismo y el hombre en Cuba.
Tras referirse en ese texto a las grandes dosis de amor que guían al revolucionario verdadero, el Che escribió: “Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; este debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo”, y sumó inmediatamente lo que vale llamar amor en grande: “Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita”.
Con su característica agudeza, la poeta cristiana y patriota Fina García Marruz escribió “En la muerte de Ernesto Che Guevara” un responso donde contrastó la imagen de la “fría máquina de matar” con observaciones que motivan el deseo de citarlas todas, pero el espacio obliga a espigar solo algunas: “La ‘fría máquina de matar’, anotaba con letra menuda los cumpleaños de sus amigos en el diario de guerra. / La ‘fría máquina de matar’, que no disparó a los dos soldados enemigos porque estaban dormidos, y un hombre dormido es como un niño. / La ‘fría máquina de matar’ a quien cogieron los matadores diciéndose: ‘está vivo’. / La ‘fría máquina de matar’ a quien iban a matar allí, y estaba desarmado, ardiente, solo!”.
La misma autora exploró el significado del amor en el pensamiento y en los actos del hombre en quien se ha reconocido el Autor Intelectual de la Revolución Cubana, y resumió el saldo de la exploración en su libro El amor como energía revolucionaria en José Martí. Consciente de los efectos nocivos del odio, el fundador del Partido Revolucionario Cubano expresó orgullo por no hallar en su obra una palabra basada en ese sentimiento.
Podría suponerse una excepción- agreguemos- su obra de adolescencia “Abdala”. Alter ego suyo en gran medida, pero personaje literario en fin de cuentas, el joven protagonista le dice a la madre que quiere alejarlo de los peligros de la guerra: “El amor, madre, a la patria / No es el amor ridículo a la tierra, / Ni a la yerba que pisan nuestras plantas; / Es el odio invencible a quien la oprime, / Es el rencor eterno a quien la ataca”.
Un concepto como “el amor ridículo a la tierra”, aplicado a la patria, no se siente representativo del pensamiento de Martí, pero lo añadido por Abdala remite al poder creativo del amor: “Y tal amor despierta en nuestro pecho / El mundo de recuerdos que nos llama / A la vida otra vez, cuando la sangre, / Herida brota con angustia el alma; — / ¡La imagen del amor que nos consuela / Y las memorias plácidas que guarda!”
Sobre la guerra de liberación que, organizada por él, estalló el 24 de febrero de 1895, el propio Martí, que pensaba como hijo de nuestra América, días después del levantamiento le escribió al presidente del club patriótico que con su nombre. 10 de Octubre, honraba en el Partido Revolucionario Cubano el legado de 1868: “Que se vea en nosotros a americanos edificadores, no a rencorosos vanos. Esa es nuestra guerra: esa es la República que reanudamos. Ese es el Partido Revolucionario. Ese ha sido y seguirá siendo el club 10 de Octubre”.
Con la médula de su poesía, hecha a portar, defender y trasmitir valores esenciales, plasmó en su Cuaderno de apuntes número 18, entre referencias que incluyen a una Eva tan carnal como simbólica, una verdad que necesitamos cultivar como norma de conducta y de ideas: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”, y se extendió en cómo anda de ciego por el mundo quien carezca de esa fuerza creadora.
Que esa fuerza sea presencia constante y orgánica en nuestro entorno, y en nuestros actos, en nuestras relaciones ciudadanas internas con el mundo, y en la atención que el pueblo reciba del país. Solo así tendremos una realidad próspera, sustentable y amable en el pleno sentido de esos vocablos.
rmh/lts
*Tomado de la Revista Visión del Grupo Asesor de la Unión de Periodistas de Cuba.