Por Gustavo Espinoza M.
Después de su truhanesca intervención contra la Venezuela Bolivariana, Donald Trump busca ahora destruir a Cuba. Lo ha dicho expresamente, reconociendo, además, que no tiene cargo específico alguno contra la Patria de Martí, su pueblo y su gobierno.
Por eso, les pide una sola cosa: que renuncien al camino que han escogido y que acaten las decisiones de Washington. Si no lo hacen -ha dicho- serán destrozados.
No se trata de amenazas formales ni de expresiones orientadas simplemente a intimidar a un pueblo. Refleja más bien la decisión de actuar en un sentido concreto para acabar con algo que ha constituido una suerte de pesadilla constante para la administración norteamericana a partir de 1959.
En verdad de antes, porque como consta al mundo, la administración norteamericana buscó anexarse a Cuba desde inicios del siglo XIX, cuando comenzó el proceso de expansión de los Estados Unidos por el continente americano.
Es de ese periodo que data la “doctrina Monroe”, hoy revivida y acicalada por Donald Trump al extremo de ser “rebautizada” con el nombre de “Don Monroe”.

Contra Cuba, la Casa Blanca no tiene nada porque -objetivamente preocupada por lo que ocurría en Caracas- había dejado transitoriamente de mirar a Cuba con la idea que la dinámica del bloqueo instaurado contra la isla hace más de 60 años accionaría por sí misma y la Mayor de las Antillas caería exánime y sin remedio alguno.
Como eso no ocurrió y más bien asentada en el heroísmo de su pueblo y la inquebrantable voluntad de lucha de su gobierno, continuó cosechando la solidaridad internacional y afrontando todas las agresiones del imperio; ahora la puso en su línea de mira.
Lo que no percibe el Imperio es que Cuba no es sólo el conjunto de nueve millones que está dispuesto a combatir hasta el fin y morir si es necesario entregando su vida por la Patria. Cuba son los millones de personas que en todos los países del mundo están prestos a luchar en su defensa.
Donald Trump debiera saber que atacar a Cuba es abrir literalmente una infinita Caja de Pandora. De ella brotará todo lo que se pueda imaginar en el escenario de nuestro tiempo. Pero de las consecuencias que de ello se derive, Estados Unidos no quedará impune.
Porque la lucha no se librará sólo en territorio de Cuba, ni siquiera tan solo en suelo de los Estados Unidos. Una agresión a Cuba implica declarar la guerra al mundo. Y Estados Unidos -sus instalaciones oficiales, sus empresas y sus intereses concretos- serán el blanco preferido de millones de combatientes en cada rincón del planeta. Nada de lo que huela a yanqui quedará en pie.

Hay quienes aseguran que cuando el señor Trump ganó las elecciones en el 2024 se fue al circo para celebrar su júbilo. Le gustó tanto que decidió comprarlo y se lo llevó en enero del 2025 a la Casa Blanca, donde finalmente lo instaló con sus animales y payasos. Ahora funciona allí. Y eso explica la presencia de Marco Rubio y compañía.
Ellos -los portavoces del más radical discurso anticubano- sólo anhelan tener “carta libre” para actuar con los recursos del Pentágono. Su sueño es “volver a Cuba” con ínfulas de “vencedores”. Quizá no sepan que si cruzan las 90 millas al sur de Miami, los espera lo que será su fin.
Antonio Maceo, en sus años de lucha por la Independencia de Cuba, acuñó una frase que el mundo de hoy ha conocido repetida siempre por la inmensa voz de Fidel: “Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en el intento”.
Es bueno que Marco Rubio y todos los que viven hoy en la Casa Blanca, lo tengan presente.
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