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Andrés Piqueras Infante

Colussi, Marcelo

Politólogo, catedrático universitario e investigador social. Nacido en Argentina estudió Psicología y Filosofía en su país natal y actualmente reside en Guatemala. Escribe regularmente en medios electrónicos alternativos. Es autor de varias textos en el área de ciencias sociales y la literatura.

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Comunidades de Población en Resistencia

en Guatemala: verdadera democracia

Por Marcelo Colussi

Para Firmas Selectas de Prensa Latina

 

El 55% de la población latinoamericana, según una investigación de Naciones Unidas, apoyaría un gobierno dictatorial si eso les resolviera los problemas económicos. Ello no significa, como algunos autores lo interpretaron, una vocación autoritaria “natural” de esos pueblos. Entendiendo más en profundidad la situación, podría decirse que décadas de dictaduras y autoritarismo dejaron una profunda marca, de ahí que no espanta la idea de un gobierno antidemocrático. ¿Vocación autoritaria o fracaso de las democracias formales?

Con el ascenso del capitalismo, hace un par de siglos, la democracia representativa toma su mayoría de edad; hoy se presenta como el modelo más desarrollado de organización social. El capital dominante, y su ideología concomitante, muy arteramente presentan la “democracia” como un bien en sí mismo, contrario a las “dictaduras”, haciendo entrar en esta categoría cualquier intento popular, medianamente socialista, cualquier cosa que huela a “izquierda”.

De esa cuenta, solo en las democracias burguesas, esas democracias representativas, la población elige efectivamente a sus gobernantes, quienes supuestamente les representan. Pero ¿tienen poder los que votan? Las dictaduras (¡que en realidad nunca pueden ser de izquierda!) no resolvieron los problemas de pobreza y exclusión, aunque tampoco lo resolvieron las actuales democracias a cuentagotas. Es hora de cambiar el concepto de democracia representativa por algo nuevo: democracia genuina, directa. Si el propio pueblo no es artífice de su destino, no hay soluciones reales.

En Guatemala hay un ejemplo encomiable de democracia directa: las Comunidades de Población en Resistencia -CPR-.

La guerra interna del país (1960-1996), una de las más largas de Latinoamérica) dejó daños inconmensurables: 200 mil muertos, 45 mil desaparecidos, 669 masacres de poblaciones rurales, base del movimiento revolucionario insurgente). La población campesina maya fue la más castigada. En muchos casos, para sobrevivir a las políticas genocidas de tierra arrasada llevadas adelante por el Estado, miles se internaron en las selvas, protegiendo así lo único que les quedaba: su vida, dejando tras de sí todo, casa, ganado de subsistencia, mínimas parcelas, enseres domésticos.

En condiciones de extrema pobreza vivieron años, organizados en un sistema de democracia directa que es digno de admiración. Estas Comunidades de Población en Resistencia estaban integradas por campesinos humildes, que en realidad no eran miembros activos del movimiento revolucionario guerrillero y que, por la misma necesidad de sobrevivencia en condiciones extremas, fueron desarrollando modos organizativos fabulosos.

En la búsqueda de encontrarle caminos reales al proyecto de dar forma concreta a la utopía, estudiar en detalle la historia de las Comunidades de Población en Resistencia puede ser un paso de gran importancia.

“Elevaron mucho su nivel de capacitación en educación y de organización en la producción y con pocos recursos producían mucho. A futuro podían ser un ejemplo para otros colectivos en ese sentido”, afirmó Enrique Corral, ex-sacerdote de origen español, y luego integrante del movimiento armado guatemalteco. Tras la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, estas poblaciones se fueron asentando en diversos puntos del territorio nacional, ya sin el acoso perpetuo de vivir en guerra, pero sin ver materializado ninguno de los compromisos asumidos en esa firma.

Mantuvieron su organización de democracia viva, aunque sin el más mínimo apoyo por parte del Estado en créditos, infraestructura, facilidades diversas, etc. Su situación actual los arroja a la pobreza profunda.

“Como población civil se logró establecer un sistema de organización democrática dando vida a los valores y principios humanos de sobrevivencia, haciendo de la resistencia la forma de organización comunitaria, organizando el trabajo colectivo, la distribución equitativa de lo que producimos y de lo que se recibía de la Solidaridad”, explicaba un miembro de las CPR.

Sin ningún lugar a duda, si un grupo en condiciones tan tremendamente extremas pudo sobrevivir dignamente, más allá de la pobreza material, ello muestra que la organización real desde abajo es posible. Es más: sin esa organización democrática de base, real, genuina (¡que no es, ni remotamente, la fantochada de la democracia representativa de la que habla la politología de derecha!), no hubieran podido sobrellevar la situación.

¿Qué nos dice todo esto? Que la democracia de base sí es posible, y que la organización política actual que impone “el desarrollo” no es más que formalidad. Entonces: ¿a quién representan los representantes? Para quien vive en un país capitalista con estas democracias formales, vale preguntarse: ¿cómo se llama el legislador que lo representa? ¿cuántas veces un parlamentario, o un alcalde, tuvo contacto con usted? ¿se siente verdaderamente representado por su “representante”? Estos personajes, ¿saben algo de las necesidades reales de la población? ¿Cuántas veces se reúnen para resolver conjuntamente los problemas comunitarios?

En esa búsqueda de encontrarle caminos reales al proyecto de dar forma concreta a la utopía, estudiar en detalle la historia de las CPR puede ser un paso de gran importancia. Tal como afirma el cura-guerrillero Enrique Corral, sin duda que “a futuro podían ser un ejemplo para otros colectivos”.

Este breve texto no es sino: a) una expresión de júbilo en relación a que más allá del formalismo de la democracia representativa, otra democracia sí es posible. Y además,  una invitación a académicos, científicos sociales y actores políticos, a profundizar en el estudio de esa construcción de base de la democracia en que vivieron las Comunidades de Población en Resistencia, en lo más adverso de la guerra. Aprender de las “buenas prácticas”, como se dice hoy día, es inteligente.