Por Frei Betto
Los niños y los jóvenes merecen una atención especial en el uso de la tecnología de comunicación en red. La adolescencia y la juventud son etapas de descubrimientos y experiencias que, a menudo, no se producen en el entorno familiar, escolar o comunitario. En este contexto, Internet surge como uno de los espacios propicios para la interacción, el aprendizaje, la diversión y la construcción de la identidad.
La convivencia con el universo digital es inevitable. Los niños y adolescentes de hoy nacen ya inmersos en un mundo conectado, donde la distinción entre lo *online* y lo *offline* se vuelve cada vez más difusa. Corresponde, por tanto, a los adultos ofrecer-mediante el diálogo- orientación, apoyo y límites.
Marcada por la velocidad de la información y la hiperconexión, Internet ocupa actualmente un lugar central en la vida de las personas. La red digital, al romper las barreras de tiempo y espacio, permite realizar actividades simultáneas en lugares diferentes. Esta flexibilidad hace que el ciberespacio resulte atractivo y estimulante, ya que ofrece desde juegos y aplicaciones hasta herramientas de búsqueda y socialización. Sin embargo, esa misma libertad que fascina también conlleva riesgos. La incertidumbre sobre «quién está al otro lado de la pantalla» revela peligros que desafían la seguridad y el bienestar de las nuevas generaciones.
Internet no es neutral. Está conformado por sujetos activos que moldean contenidos, narrativas e interacciones. Esta misma herramienta de ciudadanía, educación y acceso a la información también conlleva contradicciones, al propiciar contenidos inadecuados, riesgos de manipulación, vulneración de la privacidad y la posibilidad de dependencia digital.
Tales riesgos no pueden ignorarse. La experiencia en línea debe ir acompañada de una orientación pedagógica y crítica, capaz de promover un uso responsable de la tecnología y vincularla a los valores humanos. Más que restringir, es preciso educar y ofrecer herramientas para que niños y jóvenes desarrollen autonomía, criterio y sentido ético frente a la gran cantidad de información disponible.

El espacio digital debe estar alineado con el diálogo, el debate y la reflexión, y servir como medio para fortalecer la convivencia, no para acentuar las vulnerabilidades. La educación digital debe estar asociada a la formación integral, preparando a los más jóvenes no solo para aprovechar la conectividad, sino también para afrontar sus dilemas con responsabilidad y conciencia.
Sin embargo, esa misma red que ofrece oportunidades conlleva serios riesgos que se ocultan tras aplicaciones y juegos. Cada interacción involucra a sujetos activos que, de algún modo, influyen o se ven influidos por lo que sucede en el entorno digital. El mismo espacio que fomenta el aprendizaje y el diálogo global puede exponer a los jóvenes a contenidos nocivos, delitos virtuales o experiencias traumáticas. De ahí la necesidad de debatir cómo vincular la tecnología y la educación con los valores humanos, estableciendo principios de diálogo, ética y cuidado.
Las consecuencias de la falta de un acompañamiento adecuado ya se manifiestan en situaciones trágicas. En un caso ampliamente difundido, una niña de apenas ocho años perdió la vida tras inhalar desodorante en aerosol al intentar cumplir un desafío virtual. El suceso causó conmoción y motivó un llamamiento de la propia familia para que padres y responsables presten atención a los contenidos a los que acceden niños y adolescentes en línea.
A menudo, los padres creen que sus hijos están seguros simplemente por estar en casa, encerrados en su habitación. Pero el riesgo no desaparece entre cuatro paredes. La falta de supervisión puede hacer que los niños sean víctimas de situaciones para las que no cuentan con la preparación emocional necesaria.
El entorno digital es, en ciertos aspectos, más peligroso que el mundo físico. Se trata, por ahora, de un mundo sin ley ni regulación. Allí operan pederastas y se producen prácticas de ciberacoso. Si los padres no dejan a los niños pequeños solos en la plaza del barrio o en lugares potencialmente peligrosos, ese mismo cuidado debe aplicarse al entorno digital.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya manifiesta una creciente preocupación por el impacto del uso excesivo de dispositivos digitales en niños y adolescentes. Diversos estudios señalan que la exposición prolongada puede afectar al desarrollo cognitivo, social y emocional, lo que exige una atención redoblada por parte de padres y educadores.
La advertencia es evidente: cambios repentinos de comportamiento, aislamiento social, compulsión por los juegos o las redes digitales y una caída en el rendimiento escolar pueden ser señales de que algo no va bien. En situaciones extremas, el uso inadecuado de Internet puede asociarse a riesgos de autolesión, trastornos del sueño, ansiedad y depresión.
Establecer límites claros, restringir contenidos inadecuados y supervisar de cerca las interacciones en línea son medidas básicas de prevención. Más que imponer reglas, es necesario fomentar el diálogo: hablar sobre los riesgos y ofrecer apoyo cuando surjan dudas o situaciones incómodas.
Cuidar la vida digital de niños y adolescentes exige una responsabilidad compartida. La familia desempeña un papel fundamental a la hora de orientar, estar presente y promover un entorno de confianza donde el joven se sienta cómodo para compartir sus experiencias en la red. Por su parte, la escuela puede contribuir incorporando el tema al ámbito del aprendizaje y debatiendo sobre ética digital, ciudadanía en línea y estrategias para afrontar problemas como las noticias falsas (*fake news*), el ciberacoso o los contenidos nocivos.
No se trata de demonizar Internet, sino de utilizarlo de manera consciente. El desafío reside en encontrar el equilibrio para aprovechar sus ventajas sin ignorar los peligros.

En definitiva, Internet es un reflejo de quiénes somos como sociedad. Si deseamos un espacio seguro para nuestros niños y jóvenes, el camino pasa por la responsabilidad compartida, el diálogo permanente y el compromiso ético. Solo así el ciberespacio dejará de ser un escenario de riesgos imprevisibles para convertirse en un entorno de crecimiento, aprendizaje y relaciones más saludables.
Corresponde a la sociedad- familias, escuelas, comunidades e instituciones- asumir el compromiso de guiar a niños y jóvenes en este territorio dinámico. El futuro digital dependerá de la capacidad de unir el conocimiento tecnológico con principios éticos, de modo que se transformen los riesgos en experiencias que favorezcan el crecimiento moral.
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