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martes 18 de agosto de 2026

Fidel, 100 años

Por Frei Betto

Fidel habría cumplido 100 años hoy, 13 de agosto. Falleció a los 90 años en 2016. Nuestra amistad se prolongó durante 36 años, iniciándose cuando lo conocí en Nicaragua en 1980. La noche del 20 de julio, él, Lula y yo conversamos desde las dos de la madrugada hasta las seis de la mañana.

Supuse que aquella sería mi única oportunidad para interrogar al líder político más destacado de América Latina en el siglo XX. Le pregunté por qué el Estado y el Partido Comunista de Cuba tenían un carácter confesional. «¿Confesional? Somos ateos», reaccionó. Yo repliqué: «Aceptar o negar la existencia de Dios es una cuestión de postura religiosa. La modernidad exige Estados y partidos laicos».
Fidel estuvo de acuerdo. Poco después, se modificaron la Constitución y los estatutos del Partido. El prejuicio contra la religión perdió su carácter institucional y se restableció la plena libertad religiosa en Cuba tras la publicación de la entrevista que me concedió en 1985, editada bajo el título “Fidel y la religión”. Fue la primera vez que un líder comunista en el poder expresaba una visión positiva sobre el fenómeno religioso.

Fidel era un hombre noctámbulo. Aprovechaba las horas de la madrugada para conversar con amigos. Nunca recibía a nadie por menos de una hora. Interrogador empedernido, poseía una curiosidad peculiar; no solo extraía conocimientos e información de su interlocutor, sino que también preguntaba qué habían almorzado, quiénes eran sus autores favoritos y qué habían estudiado.

Lector voraz, prefería los clásicos de ciencia ficción para descansar la mente. Sin embargo, albergaba un interés especial por la astronomía. Siempre que viajaba a Cuba, le llevaba los regalos que más le gustaban: chocolates y libros que exploraban los misterios del universo.

Había cultivado su talento oratorio; me contó que había leído sobre los grandes oradores de la antigüedad. Sin embargo, en las conversaciones privadas hablaba en voz baja y hacía largas pausas entre frases. Poseía un profundo conocimiento de la vasta obra de su principal fuente de inspiración: José Martí.

Era disciplinado: comía con moderación y hacía ejercicios, especialmente natación. Descubrí su humildad cuando le pedí permiso para formular una crítica. «No solo tienes derecho a criticarme, sino también el deber de hacerlo», me dijo. La mayor prueba, no obstante, reside en su testamento- leído por su hermano, Raúl Castro, en la Plaza de la Revolución al inicio de sus funerales. En él, Fidel insistió en que no se diera su nombre a ninguna avenida, universidad ni monumento; un caso único dentro de la tradición comunista del culto a la personalidad.

Lo primero que llamaba la atención era la imponente presencia de Fidel. Parecía más grande de lo que realmente era, y su uniforme le confería un simbolismo que transmitía autoridad y determinación. Cuando entraba en una sala, era como si su aura llenara todo el espacio. Quienes le rodeaban guardaban silencio, atentos a sus gestos y palabras. Los momentos iniciales solían ser incómodos, pues todos esperaban a que Fidel tomara la iniciativa: elegir un tema, hacer una propuesta o plantear una idea. Se aferraba a la ilusión de que su presencia era una más en la sala y de que recibiría el mismo trato cordial, libre de ceremonias o deferencias. Al igual que el personaje de la canción de Cole Porter, debió de preguntarse si sería más feliz como un sencillo campesino, libre de la fama que lo envolvía. García Márquez, quien también formaba parte del círculo de amistades de Fidel, le preguntó una vez qué le gustaría hacer, pero no podía. «Estar de pie, de forma anónima, en una esquina», respondió el Comandante.

Hoy, Cuba atraviesa el periodo más difícil de sus 67 años de Revolución: el bloqueo energético impuesto por Trump. Dado que el país depende del petróleo importado, la escasez está provocando apagones de 15 horas o más, lo que afecta gravemente la vida de la población. El éxodo económico- particularmente entre los jóvenes, y agravado por la pandemia- ya ha reducido la población en casi dos millones de personas.

Ante esta asfixia de la nación, el gobierno está introduciendo reformas-particularmente en la economía, ahora abierta al capital extranjero- y manteniendo vivo el ejemplo de Fidel, cuyo centenario será conmemorado en agosto con un intenso programa de actividades.

rmh/fb

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